La primera prueba

Era ya casi la hora y no quedaba ningún cliente en la tienda. Con su parsimonia habitual, James Mosher ordenó los muebles que habían quedado descolocados tras la última visita, recogió el dinero de la caja registradora y se dirigió a cerrar su establecimiento.

Salió al exterior y miró la calle arriba y abajo, como queriendo confirmar que era la hora de cerrar. Apenas había coches y no se notaba mucho ajetreo. En la barbería de enfrente, aún había algún parroquiano esperando su turno, y al bar empezaban a acudir los trabajadores de la pequeña destilería situada a la vuelta de la esquina.

Sacó las llaves del bolsillo y se dio la vuelta para cerrar la puerta de la tienda. En ese instante, en el reflejo de los cristales de la puerta, pudo ver un resplandor blanco intensísimo que venía de bien lejos. Giró la cabeza y se quedó asombrado del espectáculo de luz.

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Había recibido la llamada durante la mañana del día anterior, con un breve y críptico mensaje que solo algunos podían entender: “El bebé se espera que llegue mañana por la tarde a las 5.30pm”. Cogió el primer avión de regreso al día siguiente y, ya en la ciudad, tomó el coche que tenía reservado para dirigirse de inmediato al centro de investigación.

Los autobuses que trasladaban al personal hacia el lugar de observación estaban saliendo cuando llegó a las instalaciones, así que, sin bajarse del coche, se fue directo hasta allí, detrás de los autobuses. De camino recordó cómo se habían precipitado las cosas en las últimas semanas tras la visita al laboratorio de Niels Bohr y su hijo.

– ¿Quieren hablar conmigo? – contestó cuando le llamaron. Yo soy Feynman, no soy más que…
– No hay error. ¿Le va bien a las ocho?

La conversación con ellos fue interesante y productiva. Los miembros de la familia Bohr querían que alguien opinase abiertamente sobre sus ideas y él, con su ingenua impertinencia, hizo exactamente eso: criticó alguna propuesta, sugirió correcciones y opinó sin tapujos sobre todo lo que le preguntaron. Y según parece, aquello dio resultado y aceleró los acontecimientos. Bohr planteó a los responsables las novedades y estos dieron el visto bueno, así que solo era necesario dar tiempo para elaborar los precisos cálculos.

La impresión que le causó Niels Bohr en aquella reunión fue grande, pero no mucho más que la producida por otros compañeros de trabajo en aquel complicado proyecto. Le vino a la mente John von Neumann, un matemático ágil y pragmático, y como no, Enrico Fermi, un científico genial con una extraordinaria capacidad de razonamiento. Aunque tampoco debía olvidarse de sí mismo, Richard Feynmann, imprescindible en los aspectos de física teórica y en los cálculos por ordenador.

El trayecto en coche hasta el punto de observación duró cinco minutos. Se encontraban a 30 km del lugar señalado, aunque todavía había otro grupo más cercano, a tan solo 10 km del punto cero. Estos, los responsables, debían informar por radio del momento exacto de la ejecución de la prueba, la primera prueba, la que habían llamado el Trinity test.

Mientras esperaban impacientes, Feynmann rechazó las gafas oscuras que le pasaron para evitar daños oculares durante la observación. A semejante distancia y a través de cristales oscuros supuso que sería imposible ver alguna cosa. Entonces, sabedor de que en todo caso sería la luz ultravioleta la que podría causar lesiones, se metió dentro de un camión, a salvo de las radiaciones gracias al cristal del parabrisas.

Al cabo de unos minutos llegó el momento y lo pudo ver a la perfección. De hecho, el fogonazo fue tan intenso que se agachó instintivamente. Era una luz blanca, intensa y brillante, que poco a poco se convirtió en amarilla y después naranja. Había nubes que se formaban y desaparecían, provocadas por la compresión y expansión de la onda de choque.

Instantes después, la gran bola de color anaranjado y de centro brillante se transformó en un globo naranja que comenzó a elevarse y a hincharse poco a poco, al tiempo que se iba oscureciendo por los bordes. Entonces se pudo ver el momento final: una gran bola de humo en ignición, con relámpagos en el interior y desprendiendo un intenso calor.[1]

Todo aquel espectáculo de fuegos artificiales duró aproximadamente un minuto y, al cabo de otro largo minuto más, llegó hasta los observadores un estruendo ensordecedor, un trueno como el de mil tormentas juntas, un boum como nunca nadie había oído jamás. Aquello desató las tensiones y el júbilo de todos los presentes, quienes empezaron a exclamar vítores y aullidos de satisfacción en una burda imitación de aquél estrépito.

El periodista que se encontraba allí para escribir un artículo sobre la prueba, asombrado, preguntó a Feynmann:
– ¿Qué ha sido eso?
– ¡Eso es la bomba!

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A unos cuantos kilómetros de allí, James Mosher, que acababa de cerrar su tienda de muebles, permanecía aun boquiabierto después de ver aquel espectáculo de luces intensas en el horizonte. Se adelantó unos pasos en dirección al bar para contárselo a sus vecinos, cuando un gigantesco estruendo le dejó paralizado: aquello parecía el fin del mundo.


[1] Algunos párrafos están extraídos casi literalmente del libro “¿Está usted de broma. Sr. Feynmann?”, páginas 154-155. Alianza Editorial.

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