El ejército del poder

Avanzaba en furiosas oleadas indiscretas, con una frecuencia variable pero con una intensidad sobrenatural. Por allá por donde pasaba contagiaba todo su entorno, haciéndolo vibrar como él en curiosa sintonía, extendiéndose por todo el espacio y moviendo hasta la más mínima molécula de aire que encontraba a su paso.

No empezó su recorrido muy lejos, pero no fue por ese motivo por el que llegó en seguida hasta mí. En realidad, era su veloz movimiento el que le permitía recorrer cualquier distancia en un suspiro; y fue cuestión de milésimas de segundo: aquel ejército ondulado me alcanzó de pleno en la cabeza, martilleando en mi interior y obligándome a despertar.

La voz de mi madre, cabreada, era inconfundible. Gritaba desde la cocina: “¡Pere, levántate ya que son las doce del mediodía!”.

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